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El tenedor: el cubierto que tardó siglos en dejar de parecer sospechoso
Hoy el tenedor parece el miembro más discreto de la mesa. Está ahí, al lado del plato, esperando su turno con una paciencia ejemplar. Sirve para sujetar una tortilla, pinchar una patata, domar una ensalada o enfrentarse a unos espaguetis con más o menos dignidad. Nadie lo mira con miedo. Nadie sospecha de él. Nadie piensa: “Este objeto tiene algo de diabólico”.
Pero no siempre fue así. Durante siglos, el tenedor fue un utensilio extraño, lujoso, extranjero, demasiado refinado y hasta moralmente sospechoso. Para nosotros es una herramienta básica. Para parte de la Europa medieval y moderna fue casi una provocación. La historia del tenedor demuestra que incluso los objetos más normales pueden haber tenido una juventud complicada.
Antes de Europa: China y los primeros utensilios con púas
La idea de usar un utensilio con púas para manipular comida es muy antigua. En China se han documentado objetos de hueso con forma de tenedor en contextos arqueológicos muy tempranos. Google Arts & Culture, en una pieza elaborada con la World Federation of Chinese Catering Industry, menciona tenedores de hueso hallados en yacimientos chinos, incluidos ejemplares asociados a la cultura Qijia, de hace unos 4.000 años, con tres púas y encontrados junto a cuchillos y cucharas. También se citan hallazgos aún más antiguos en el área de Hemudu, en Zhejiang.
Conviene decirlo con precisión: esto no significa que el tenedor moderno europeo venga directamente de aquellos utensilios chinos, ni que ya existiera una costumbre idéntica a la nuestra de sentarse a comer con tenedor individual. La historia de los cubiertos no avanza en línea recta. Pero sí permite afirmar algo importante: la solución técnica del tenedor, es decir, un objeto con púas para sujetar o manipular alimentos, aparece muy pronto en la historia china.
Después, China siguió otro camino cultural en la mesa. Los palillos se consolidaron como utensilio principal, mientras el tenedor quedó fuera del uso cotidiano dominante. Una pequeña ironía histórica: una civilización que conoció utensilios parecidos al tenedor muchísimo antes que Europa terminó siendo identificada, en Occidente, casi exclusivamente con los palillos.
Del instrumento de cocina al cubierto personal
También en el Mediterráneo y Oriente Próximo existieron utensilios con forma de tenedor desde épocas antiguas. Muchos servían para cocinar, trinchar, sujetar carne o servir alimentos, no necesariamente para llevar comida a la boca. Esta diferencia es fundamental. Un tenedor de cocina no es lo mismo que un tenedor de mesa. Uno ayuda a preparar o servir; el otro entra en la coreografía íntima de comer.
El British Museum conserva, por ejemplo, un tenedor sasánida de aleación de cobre, fechado entre los siglos VI y VII, con dos púas y mango decorado. Este tipo de piezas muestra que el utensilio existía, pero no permite imaginar todavía una mesa europea llena de comensales comiendo cada uno con su tenedor individual.
En el mundo bizantino, sin embargo, el tenedor de mesa parece haber tenido mayor presencia en ambientes aristocráticos. El Museum of the Home resume que los tenedores se hicieron populares en el Imperio bizantino hacia el siglo X, sobre todo entre los ricos. Es decir: antes de que Europa occidental lo aceptara, el tenedor ya tenía cierto prestigio oriental. Muy fino, muy cortesano y, para algunos moralistas occidentales, quizá demasiado fino.
Venecia: cuando una princesa bizantina trajo algo más que equipaje
Uno de los episodios más famosos de esta historia tiene lugar en Venecia. La versión más repetida dice que una princesa bizantina llegó a la ciudad y escandalizó a los venecianos porque comía con un pequeño tenedor de oro, en vez de usar los dedos. La imagen es magnífica: una mesa noble, una dama oriental, un cubierto brillante y alrededor unos cuantos señores pensando que aquello ya era pasarse de moderno.
Aquí hay que tener cuidado. Las versiones populares mezclan nombres, fechas y personajes. A veces se identifica a la princesa como Maria Argyropoulina, casada con Giovanni Orseolo a comienzos del siglo XI; otras veces se confunde el episodio con Theodora Doukaina, esposa del dogo Domenico Selvo en la segunda mitad del mismo siglo.
Lo más prudente es formularlo así: una fuente medieval asociada a Pedro Damián critica a una esposa bizantina del dogo de Venecia por su lujo y por usar un instrumento de oro de dos púas para comer. El Metropolitan Museum of Art resume el episodio indicando que una carta de Pedro Damián, fechada hacia 1070–1072, menciona que la esposa bizantina del dogo rechazaba la costumbre occidental de comer con los dedos y quería utilizar un tenedor de dos púas.
El problema, por tanto, no era solo el objeto. Era lo que representaba. El tenedor parecía una señal de exceso, de refinamiento innecesario, de lujo oriental, de distancia respecto a la sencillez cristiana. Dicho de manera menos solemne: para algunos, aquello sonaba a “mira qué fina, ya no le sirven ni los dedos”.
El tenedor y el diablo: unas púas con mala prensa
Durante mucho tiempo, el tenedor tuvo mala imagen. Su forma de púas podía recordar a instrumentos de castigo, horcas, tridentes o al imaginario del diablo. No conviene exagerar: no existió una gran prohibición universal del tenedor por parte de la Iglesia, ni una campaña oficial contra la ensalada. Pero sí hubo desconfianza moral hacia un utensilio visto como lujoso, extranjero, afeminado o contrario a la sencillez.
La crítica de Pedro Damián encaja en esta mentalidad. Según resume The New Yorker al comentar el libro de Bee Wilson, el moralista condenaba la excesiva delicadeza de aquella dama que prefería tocar la comida con un instrumento de oro en vez de hacerlo con las manos dadas por Dios. Desde ahí, la imaginación hizo su trabajo. Si el objeto venía de Oriente, era de oro, tenía púas y además lo usaba una princesa demasiado refinada, ya estaba servido el escándalo.
Hoy nos parece cómico. Nadie mira un tenedor y piensa en el infierno. Como mucho piensa en comida. Pero en la Edad Media y la Edad Moderna los objetos de mesa no eran neutrales. Decían cosas sobre la moral, el cuerpo, la higiene, el lujo y la jerarquía social. Un tenedor no era solo un cubierto: podía ser una declaración de intenciones.
Italia: donde el tenedor empezó a ganar la batalla
Italia fue el gran laboratorio europeo del tenedor. Venecia, por sus contactos con Bizancio y el Mediterráneo oriental, fue una puerta de entrada importante. Poco a poco, el utensilio fue ganando presencia en ambientes aristocráticos y urbanos. El Metropolitan Museum of Art señala que la costumbre parece proceder de Bizancio y haber sido introducida en Europa occidental por los venecianos, aunque su aceptación general como cubierto de mesa fue claramente posterior a la Edad Media.
También hubo motivos prácticos. La cocina italiana tenía platos para los que el tenedor resultaba útil. La pasta, por ejemplo, no se deja gobernar fácilmente solo con dedos, cuchillo o cuchara. Hay inventos que triunfan porque son elegantes, pero otros triunfan porque evitan que uno acabe con la mano llena de salsa.
El tenedor empezó así a cambiar de imagen. De objeto raro pasó a utensilio distinguido. De rareza oriental pasó a moda cortesana. De capricho sospechoso pasó a herramienta práctica. La civilización, a veces, avanza por motivos muy serios. Otras veces avanza porque alguien no quiere mancharse los dedos.

Francia e Inglaterra: entre la moda y la burla
El tenedor llegó a Francia muy vinculado a la influencia italiana. El Metropolitan Museum of Art indica que fue introducido en Francia poco después de 1553, en el contexto de Catalina de Médici y su matrimonio con el futuro Enrique II. Eso no significa que Catalina de Médici llegara con una maleta llena de tenedores y cambiara la mesa francesa de un día para otro. Las transformaciones culturales rara vez funcionan así. Pero su figura simboliza bien el peso de las cortes italianas en la difusión europea de nuevas maneras de mesa.
En Inglaterra, la historia fue más lenta y más divertida. Thomas Coryat, viajero inglés, observó en Italia el uso del tenedor y lo describió en Coryat’s Crudities, publicado en 1611. Allí explicaba que los italianos usaban pequeños tenedores al cortar la carne, entre otras razones porque no les gustaba que todos metieran los dedos en una fuente común. Coryat adoptó la costumbre y, al volver a Inglaterra, fue objeto de burlas. Lo llamaron incluso “furcifer”, algo así como “portador de tenedor”, con un juego latino poco amable.
La escena resume muy bien la historia del tenedor: alguien trae una costumbre más higiénica y práctica, y los demás reaccionan como si hubiera cometido una excentricidad ridícula. Pero así se incorporan muchas novedades. Primero parecen absurdas. Luego parecen modernas. Después se vuelven obligatorias. Y al final nadie recuerda que alguna vez fueron novedad.
Del lujo aristocrático al cajón de la cocina
Durante siglos, el tenedor fue caro. Las piezas de metal trabajadas no estaban al alcance de todos, y menos aún si eran de plata o tenían decoración. Además, muchas formas de comer no lo necesitaban. La comida podía servirse ya troceada, compartirse en fuentes comunes o resolverse con cuchillo, cuchara y dedos. El tenedor tenía que demostrar que no era solo un capricho de gente rica.
Con el tiempo lo consiguió. En los siglos XVII y XVIII fue entrando en las mesas europeas con más normalidad, sobre todo entre las clases altas. El Museum of the Home señala que durante el siglo XVIII los tenedores se hicieron más fáciles de producir y más baratos, mientras las modas aristocráticas se extendían hacia sectores más amplios de la sociedad. Ya en época victoriana, el tenedor no solo estaba aceptado, sino que se multiplicó en versiones especializadas: para pescado, para sardinas, para espárragos y para casi cualquier alimento capaz de provocar inseguridad social en una cena formal.
El Deutsches Historisches Museum resume bien el cambio: el tenedor, antes despreciado, terminó convertido en símbolo de lujo y sofisticación aristocrática en el siglo XVIII; después, con la industrialización, la cubertería se convirtió en un fenómeno de masas.
El viaje es precioso: de objeto sospechoso a señal de refinamiento, y de señal de refinamiento a cosa que todos tenemos en un cajón, a menudo mezclada con cucharillas desaparejadas.

Comer también es cultura
La historia del tenedor nos recuerda que comer nunca ha sido solo alimentarse. También es cultura, religión, higiene, moda, clase social, tecnología y un buen puñado de manías humanas. Lo que hoy parece natural pudo parecer absurdo hace siglos. Lo que hoy usamos sin pensar pudo ser, en otro tiempo, símbolo de lujo, pecado, extranjería o modernidad excesiva.
El tenedor tuvo que cruzar civilizaciones, cortes, sermones, burlas y fábricas antes de convertirse en un objeto cotidiano. Pasó por China antigua, por el mundo bizantino, por Venecia, por la Italia renacentista, por la Francia cortesana, por la Inglaterra desconfiada y por la producción industrial moderna. Todo para acabar tranquilamente al lado de un plato, esperando que alguien lo use para pinchar una patata.
Así que la próxima vez que cojas un tenedor en Restaurante Romero, míralo con un poco de respeto. Sin exagerar, que tampoco hace falta ponerse solemnes delante de un cubierto. Pero recuerda que ese pequeño instrumento tuvo que superar siglos de sospechas antes de llegar a tu mesa.
Y todo para que hoy podamos comer sin mancharnos los dedos y sin que nadie nos acuse de pactar con el diablo.
Fuentes bibliográficas
Bee Wilson, Consider the Fork: A History of How We Cook and Eat, Basic Books, Nueva York, 2012.
Giovanni Rebora, Culture of the Fork: A Brief History of Everyday Food and Haute Cuisine in Europe, traducción de Albert Sonnenfeld, Columbia University Press, Nueva York, 2001.
Thomas Coryat, Coryat’s Crudities: Hastily Gobled up in Five Moneths Travells, Londres, 1611.
Metropolitan Museum of Art, ficha de objeto “Fork – Italian”, colección online del museo. Consultada para la tradición bizantino-veneciana, las referencias medievales y la difusión italiana y francesa del tenedor.
Museum of the Home, Louis Platman, “The rise and fall of the fork”, 3 de febrero de 2021. Consultado para la adopción británica, Thomas Coryat, la difusión social del tenedor y su normalización moderna.
British Museum, ficha de objeto “fork”, museum number 91326. Consultada para el tenedor sasánida de los siglos VI–VII.
Google Arts & Culture / World Federation of Chinese Catering Industry, “The Tableware Heritage”. Consultado para los hallazgos chinos de utensilios de hueso y tenedores antiguos.
Deutsches Historisches Museum, “A Matter of Course!? Why forks were once seen as tools of the devil”, 17 de agosto de 2016. Consultado para el cambio de percepción del tenedor en Europa y su paso de objeto despreciado a símbolo de refinamiento.
Alexandra Lange, “Consider the Fork, Very Carefully”, The New Yorker, 29 de noviembre de 2012. Consultado como reseña y síntesis crítica del libro de Bee Wilson, especialmente para la recepción moral del tenedor en la Europa medieval y moderna.
Nota aclaratoria: Algunas imágenes de este artículo han sido generadas o asistidas con inteligencia artificial. Se utilizan únicamente con fines educativos, informativos e ilustrativos. No representan necesariamente escenas, productos, lugares o personas reales, ni deben interpretarse como prueba documental o publicidad engañosa.

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